Le llamaron loco

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Una fotico del altar durante la adoración, y no… no lo he decorado yo xD

Ayer en Montcada i Reixac (en Madrid se organizó en la Almudena, aquí la organizamos en una Ermita chiquitina perdida por el mundo que no sale ni en google, somos diferentes, ya sabemos…) se organizó una oración por las Sisters que fueron asesinadas en Yemen a principios de marzo, para pedir por la futura canonización de Madre Teresa, y para pedir vocaciones para las MC (pese a que son la única una de las pocas congregaciones que conozco que tienen vocaciones jóvenes).

Fue una oración preciosa, en la que el sacerdote habló de las MC, de su trabajo, de los voluntarios… es un regalo constante ver que la experiencia que yo tengo de estar con ellas es algo común a todos los que tienen el privilegio de poder conocerlas.

Leyó el sacerdote una oración preciosa del Papa Francisco en el viernes santo. Hizo especial hincapié en esta parte, que tan bien define la vida MC:

“Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en el rostro de las religiosas y consagrados –los buenos samaritanos– que lo dejan todo para vendar, en el silencio evangélico, las llagas de la pobreza y de la injusticia.”

Al terminar de leer la oración, el sacerdote dijo una frase que lo recogía todo, que abraza todo lo que uno puede decir sobre la entrega de las cuatro Misioneras de la Caridad de Yemen, de tantas que cada día renuncian a sí mismas, se olvidan de sí mismas, por servir a Jesús en los pobres. El resumen perfecto de la oración del Papa Francisco, TENGO SED.

Realmente, cuando uno piensa en las MC, ve mujeres completas, felices, nunca las ves cansadas, nunca les falta una sonrisa, tienen el corazón sinceramente desbordante.
Y todo eso cobra especial valor cuando te acercas a ellas, las conoces, oyes sus historias, sus testimonios, sus vivencias… conoces la regla de la congregación…
Y no puedes más que quedarte ojiplático delante de ese derroche de alegría, del terremoto de vida que son un grupo de mujeres que ya no se acuerdan de sí mismas, que lo han dejado todo atrás (familia incluída, a la que ven cada 10 años), que se despiertan antes de las 5 de la mañana para ser servidoras, de corazón y a cada instante de todos aquellos a los que el mundo ha rechazado.

Yo no soy París

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Esta imagen me transmite soledad, desolación, impotencia… me parece un inicio perfecto para este post.

Yo no soy París. Yo no soy Francia.

No me siento parte de esta ola de solidaridad hipócrita y narcisista, que enaltece y desprecia según un criterio selectivo basado en la intolerancia y la mentira.

No soy politóloga, no soy socióloga, no tengo ni puñetera idea de como funciona el mundo de las relaciones políticas internacionales, ni siquiera me atrevo a decir que tengo una leve intuición de cuál sería la solución.
Pero soy educadora, y como educadora sé que cuando quieres enseñarle a un niño que no se pega, no puedes hacerlo a golpes. Porque no hay mayor acto educativo que el ejemplo. Y sé también que como decía creo que Ghandi, “ojo por ojo, y el mundo acabará ciego”.

No sé a quién compete determinar el valor de una vida, no sé cuál es el criterio que define que una muerte es más importante que otra, o más grave, o debe sentirse como más dolorosa.  No sé a quién compete, si es que compete a alguien, pero desde luego no es a ninguno de nosotros.
No veo la diferencia entre uno de los muertos de París, de Beirut, de Kenya, de Siria, de Irak, de Pakistan, de India, de Nepal, de NY, de Madrid… y podría seguir casi hasta nombrar cada uno de los países del mundo.
Ojo, no digo que no me duelan los muertos de París, pero si que afirmo, y además rotundamente, que no me duelen más que cada uno de los de Siria de los últimos años, o cada uno de los muertos en el terremoto de Nepal, o de los atentados de Boko Haram en Kenya.

Lo que más me duele es abrir los ojos para descubrir que vivo en una sociedad anestesiada que solo siente (y poco, más por “trendig topic”que de corazón) lo que le salpica, como si lo que pasa lejos no fuera real. Yo no quiero una vida tan reducida.
Me avergüenza ser parte de una sociedad tan egoísta que no solamente se identifica con los que son de su color (porque mira, hasta ahí… es minimamente esperable en una cultura que ha potenciado hasta el extremo el narcisismo y el infantilismo patológico), sino que se queda inalterablemente impasible y felizmente ignorante y desinformada frente a lo que ocurre más allá de su “vecindario”.

No me considero más inteligente, ni más solidaria, ni menos soberbia o egoísta que nadie. Sin embargo me hierve la sangre cuando veo este tipo de desequilibrios, la desproporción que existe en nuestro rasero sesgado en cuanto a la condena de ciertos actos (porque no nos engañemos… no son más importantes los cientos de muertos de París a causa de los atentados del viernes que los miles de muertos en Siria a causa del bombardeo del domingo).

Tampoco sé cuál es la solución para todo esto, si es que la hay, pero mi corazón, que por motivos que me son ajenos… quizá por amistades, quizá por experiencias, es más sensible a este tipo de situaciones, no puede conformarse con esta solución. No entiendo como podemos seguir sin hacer NADA, preocupados por si Cataluña se independiza, si Zara clona el ultimo modelo de Balmain, o si se anula un partido de fútbol… el corazón del hombre está bien hecho, tiende al bien y se alegra en lo que es bueno y en lo que es bello… Pero ¿de qué nos sirve tener un corazón tan bien hecho, si lo anestesiamos y nos negamos a utilizarlo para evitar salir de nuestra zona de confort?

El Destino sabe dibujar

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Quien piensa que Dios no interviene en la historia… está radicalmente equivocado. Dios mima cada paso que uno da y no deja flecos sueltos. Pero Dios no hace las cosas con grandes aspavientos ni lujosas demostraciones (de hecho se hizo niño indefenso y nació en un pesebre), sino que se acerca al corazón y acontece conmoviendo, ilusionando, regalando un brillo en los ojos que va más allá de cualquier brillo humano…

Os hablaba hace poco de que salí muy conmovida de una cena que hablaba sobre los campos donde viven refugiados los cristianos que han dejado atrás bienes, hogar e incluso familia, por su fe… y desde ese día no ha dejado de resonar fuertemente en el corazón el deseo de no quedarme cruzada de brazos. 
Quizá es esa semilla que todo el que ha estado en Calcuta conoce… la semilla de no pasar indiferente junto al dolor, el abandono, la pobreza… ese deseo tan MC (misioneras de la caridad) de ponerse al servicio de quien más lo necesita… pero yo no puedo pasar indiferente frente a esta situación. Mi corazón, de un modo que no puedo controlar, anhela estar con estas personas que reclaman haber sido abandonadas por sus hermanos cristianos de occidente… y decirles que no, que no están abandonadas, que estamos aquí y sus vidas son un ejemplo de fe para nuestra tibieza y una provocación hacia nuestra comodidad… decirles que yo quiero y necesito estar con ellos y que me enseñen a vivir sin miedo.

Y en medio de esta agitación del corazón aparece Eulalia, una chica de 22 años (aproximadamente… perdón Eulalia si te he hecho mayor o demasiado joven) que ha pasado el verano en Irak ayudando en uno de esos campos. Porque querido lector… no soy la única, hay más jóvenes dispuestos a dar su verano por servir, y en contra de lo que la sociedad opina y propone… te prometo que es una maravilla.
Pero volviendo al tema… Eulalia me ha traído dibujos de algunos de los niños del campo… guau… como psicóloga tengo la suerte o la desgracia de ver más allá cuando me encuentro delante de un dibujo de un niño… impresionante a muchos niveles. Pero lo que más me ha impresionado de todo es, que mientras veía los dibujos y escuchaba sus experiencias… el corazón (y su infalible criterio para identificar la verdad) me decía “SIIIIII SIIIIII ESTO ES VERDAD, EN LA VIDA DE ESTAS PERSONAS UNO PUEDE ENCONTRAR LO QUE EL MUNDO ENTERO BUSCA SIN SABERLO”, y esto… no deja de impresionarme… la capacidad que tiene Dios de encontrarnos y unirnos, de darnos deseos y cumplirlos hasta el final…
Y pese a todo ¿habrá quien no crea en Él o piense que la vida es jodida?