Señor, enséñame a vivir aquí

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A raíz de lo sucedido en Yemen hace unos días, las redes sociales se han llenado de Sisters, de testimonios de Calcuta, de fotos… Además yo sigo muchas páginas relacionadas con esto, y mi Facebook se ha convertido, literalmente, en una marea blanca y azul.

Eso es un arma de doble filo. Me encanta… me encanta que se me haga presente, sentirme acompañada por cientos de personas a las que no conozco pero que sienten lo mismo que yo, que hemos pisado las misas calles y abrazado la misma misericordia en Kalighat, en Prem Dan, en Mother House, en la tumba de Madre Teresa, de camino a Bose Road… pero también es doloroso, porque Calcuta tiene ese componente que te “atrapa”, que te deja huella, una de esas cicatrices que de vez en cuando, si sopla el viento, duelen.

Cuando uno vuelve de Calcuta, nunca vuelve entero, y una de las consecuencias son las lágrimas. No es que uno llore por Calcuta, sino que el recuerdo hace que caigan lágrimas. No es un llanto consciente ni controlable, solamente son lágrimas que el corazón usa para regar la nostalgia y evitar que se seque, evitar que se muera.

Si alguien que ha estado allí lee esto, y se ha sentido así a la vuelta, ha escrito alguna vez algo parecido, se ha sentido roto y ha entendido que Calcuta es el pegamento que mantiene unidas las piezas… solo puedo darle las gracias. Gracias por entenderme, por haber compartido esa ciudad tan especial, gracias por confirmar con esa lágrima errante que esto que siento es real.

Hoy me siento especialmente nostálgica, y me descubro sonriendo y secándome esas lágrimas a las que nadie ha llamado pero han venido.

Os dejo aquí un testimonio precioso que he leído esta tarde.

http://www.oleadajoven.org.ar/index.php/Articulos/12356/cada-voluntario-es-una-gota-en-el-oc-ano-de-la-humanidad

Y os dejo una foto que me arranca una sonrisa, el primer desayuno indio con mis imprudentes pollos… las quiero más… 🙂

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La felicidad de lo sencillo

Desayuno de un día de fiesta en Motherhouse, Calcuta
Desayuno de un día de fiesta en Motherhouse, Calcuta

Una de las cosas que más me gusta de todas las que uno vive en Calcuta (y posiblemente una de las que más ayuda al regreso), es que uno aprende a valorar las pequeñas cosas.

La vida como voluntario (cuando uno se ciñe a la experiencia), es muy sencilla: te levantas temprano, te duchas como puedes (a veces con cubos de agua, a veces… ¡sorpresa! no hay agua), si quieres vas a Misa, y luego… desayuno todos los voluntarios juntos… un desayuno muy adaptado a las circunstancias de la ciudad, se desayuna cada día un plátano, pan de molde y chai (el té con leche típico de India).
Pero las hermanas… ¡ay las hermanas!. Son tan detallistas… que los días de fiesta (sea el cumpleaños de Madre Teresa, el día del voluntario, o alguna fiesta señalada de la Vírgen o de la Iglesia), dan un desayuno especial (como el de la foto).

Esos pequeños detalles se sienten como una caricia. Cuando llevas dos… tres semanas comiendo lo mismo cada mañana, de repente un día llegas y hay un pan especial, algo de mermelada… ¡CAFÉ!, y ese día estás que no cabes de gozo…
Cuando aquí, en nuestra vida cotidiana, nos parece casi insultante vivir sin cierto nivel de comodidades, nos resulta inconcebible no tener acceso a aquello que nos apetece, somos algo así como perros salvajes malhumorados si no hay café, si está frío o si en el bar de la esquina no tienen azúcar moreno…

Entre las dos experiencias, y las dos las he vivido, hay un desnivel espectacular… y sin embargo, si pongo en mi balanza de vivencias estas dos realidades:

a) Levantarme a una hora decente, ducharme con calma regulando la temperatura de la ducha, eligiendo el champú de entre los distintos tipos, me seco, me visto con ropa que huele a limpio, desayuno muy cómoda en mi sofá, unas buenas tostadas con aceite y jamón, un zumo recién hecho, un café con leche… con su espumita y calentito…

b) Levantarme a las 4 y media, ducharme a cubazos con el unico champú que he conseguido descifrar que es champú…, ¿secarme?… ¿cómo? ¡si hay 43 grados!, ponerme ropa lavada a mano cuya higiene es dudosa, caminar 25 minutos y desayunar pan y plátano sentada en el suelo rodeada de otros 200 voluntarios sudorosos

Si las pongo realmente en una balanza… me inclino por la B.

¿Qué tendrá el mundo sencillo, qué tendrá la vida humilde, que hace exultar el corazón de un modo que no entiende quién no lo vive? ¿Por qué las cosas sencillas dan una alegría y una plenitud que son difíciles de encontrar cuando tenemos absolutamente todo lo demás? ¿Por qué nos cuesta tanto valorar la magnitud de todo aquello que tenemos? ¿Por qué pese a todo lo que nos sobra y nos excede, seguimos sin ser agradecidos, seguimos quejándonos y sintiéndonos merecedores de algo más, de algo mejor? ¿Hasta donde llega nuestra ceguera, que no nos damos cuenta de que el deseo de nuestro corazón no lo cubren nuestros excesos y caprichos? ¿Por qué pese a saberlo… seguimos anhelando y acumulando cosas que no nos hacen mas felices y no buscamos vivir sencillamente con lo que realmente es necesario?