Yo no soy París

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Esta imagen me transmite soledad, desolación, impotencia… me parece un inicio perfecto para este post.

Yo no soy París. Yo no soy Francia.

No me siento parte de esta ola de solidaridad hipócrita y narcisista, que enaltece y desprecia según un criterio selectivo basado en la intolerancia y la mentira.

No soy politóloga, no soy socióloga, no tengo ni puñetera idea de como funciona el mundo de las relaciones políticas internacionales, ni siquiera me atrevo a decir que tengo una leve intuición de cuál sería la solución.
Pero soy educadora, y como educadora sé que cuando quieres enseñarle a un niño que no se pega, no puedes hacerlo a golpes. Porque no hay mayor acto educativo que el ejemplo. Y sé también que como decía creo que Ghandi, “ojo por ojo, y el mundo acabará ciego”.

No sé a quién compete determinar el valor de una vida, no sé cuál es el criterio que define que una muerte es más importante que otra, o más grave, o debe sentirse como más dolorosa.  No sé a quién compete, si es que compete a alguien, pero desde luego no es a ninguno de nosotros.
No veo la diferencia entre uno de los muertos de París, de Beirut, de Kenya, de Siria, de Irak, de Pakistan, de India, de Nepal, de NY, de Madrid… y podría seguir casi hasta nombrar cada uno de los países del mundo.
Ojo, no digo que no me duelan los muertos de París, pero si que afirmo, y además rotundamente, que no me duelen más que cada uno de los de Siria de los últimos años, o cada uno de los muertos en el terremoto de Nepal, o de los atentados de Boko Haram en Kenya.

Lo que más me duele es abrir los ojos para descubrir que vivo en una sociedad anestesiada que solo siente (y poco, más por “trendig topic”que de corazón) lo que le salpica, como si lo que pasa lejos no fuera real. Yo no quiero una vida tan reducida.
Me avergüenza ser parte de una sociedad tan egoísta que no solamente se identifica con los que son de su color (porque mira, hasta ahí… es minimamente esperable en una cultura que ha potenciado hasta el extremo el narcisismo y el infantilismo patológico), sino que se queda inalterablemente impasible y felizmente ignorante y desinformada frente a lo que ocurre más allá de su “vecindario”.

No me considero más inteligente, ni más solidaria, ni menos soberbia o egoísta que nadie. Sin embargo me hierve la sangre cuando veo este tipo de desequilibrios, la desproporción que existe en nuestro rasero sesgado en cuanto a la condena de ciertos actos (porque no nos engañemos… no son más importantes los cientos de muertos de París a causa de los atentados del viernes que los miles de muertos en Siria a causa del bombardeo del domingo).

Tampoco sé cuál es la solución para todo esto, si es que la hay, pero mi corazón, que por motivos que me son ajenos… quizá por amistades, quizá por experiencias, es más sensible a este tipo de situaciones, no puede conformarse con esta solución. No entiendo como podemos seguir sin hacer NADA, preocupados por si Cataluña se independiza, si Zara clona el ultimo modelo de Balmain, o si se anula un partido de fútbol… el corazón del hombre está bien hecho, tiende al bien y se alegra en lo que es bueno y en lo que es bello… Pero ¿de qué nos sirve tener un corazón tan bien hecho, si lo anestesiamos y nos negamos a utilizarlo para evitar salir de nuestra zona de confort?