Hasta pronto

He hecho la maleta, he lavado la ropa y se la he dado a las hermanas, he recogido todos lo regalos y ya falta algo más de 24h para estar en casa. 

Dejar Calcuta es difícil, y cada vez lo es más. Los voluntarios, las Sisters, la gente de la calle, los ruidos, los olores… Todo junto es una mezcla que cautiva, que te enamora… Y como todo enamoramiento, cuando se acaba, te rompe el corazón. 

La sensación más parecida que se me ocurre a dejar Calcuta es la del desamor. El separarse de alguien a quien se quiere mucho, sin saber si se le va a volver a ver, y con la incertidumbre total de qué  sucederá en su ausencia. 

Dejar Calcuta me supone un agujero en el corazón. Un agujero que tardo meses en remendar, y cuando está más o menos adecentado, vuelve a abrirse. Además a medida que sumo amigos, experiencias, cercanía con las hermanas, más cariño hacia la gente que quiero, más gente a la que quiero… El agujero cada año se abre más grande. Quizá por eso cada vez duele más irse. 

Suelo pensar que en Calcuta es imposible estar triste… Pero hoy, como cada último día de Calcuta, me he acordado de que aquí es donde experimento la mayor de las tristezas, el dolor de tener que romper el corazón despidiéndome de esta ciudad a la que llaman, muy acertadamente, la “ciudad de la alegría”.

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