Hasta pronto

He hecho la maleta, he lavado la ropa y se la he dado a las hermanas, he recogido todos lo regalos y ya falta algo más de 24h para estar en casa. 

Dejar Calcuta es difícil, y cada vez lo es más. Los voluntarios, las Sisters, la gente de la calle, los ruidos, los olores… Todo junto es una mezcla que cautiva, que te enamora… Y como todo enamoramiento, cuando se acaba, te rompe el corazón. 

La sensación más parecida que se me ocurre a dejar Calcuta es la del desamor. El separarse de alguien a quien se quiere mucho, sin saber si se le va a volver a ver, y con la incertidumbre total de qué  sucederá en su ausencia. 

Dejar Calcuta me supone un agujero en el corazón. Un agujero que tardo meses en remendar, y cuando está más o menos adecentado, vuelve a abrirse. Además a medida que sumo amigos, experiencias, cercanía con las hermanas, más cariño hacia la gente que quiero, más gente a la que quiero… El agujero cada año se abre más grande. Quizá por eso cada vez duele más irse. 

Suelo pensar que en Calcuta es imposible estar triste… Pero hoy, como cada último día de Calcuta, me he acordado de que aquí es donde experimento la mayor de las tristezas, el dolor de tener que romper el corazón despidiéndome de esta ciudad a la que llaman, muy acertadamente, la “ciudad de la alegría”.

Todo lo bueno se acaba 

Me quedan 4 días en Calcuta. 

Veo cada vez más cerca el llegar a casa, y en cierto modo me apetece. Ha sido un verano brutal, muy intenso, y necesito descansar y hacer la digestión de todo lo que he vivido, tanto en Polonia como en Calcuta. 

Pero mentiría si no dijera que me aterra volver a Barcelona. 

Ha sido un verano de mucho amor, en el que he conocido personas muy especiales, que me han enseñado que pese a que hay mucha gente que hace daño, también hay personas que sanan, y merece la pena arriesgarse y abrir el corazón por tal de conocerlas. 


Ayer, con Andrea y Rocío, hablábamos de eso, de cómo hay personas, que simplemente con un abrazo o una mirada son capaces de regalarte lo que son sin reservas, de quitarte el miedo y de permitirte abrir el corazón como nunca hubieras imaginado hacer. 

A todas esas personas, gracias. Habéis hecho mi verano muy especial y me habéis robado un trozo de corazón. Un trozo grande. 


Como he dicho, dentro de 4 días me vuelvo a barcelona. Eso significa que se está acabando el mes. Y en Calcuta, fin de mes significa “despedidas”. Despedidas de amigos, de hermanos, de compañeros de camino y de gente que sabes que no volverás a ver y aún así no puedes evitar quererlas. 

Calcuta es un lugar especial. En una ciudad conocida por su pobreza, por su suciedad, por estar superpoblada y tener cantidad de gente abandonada y sufriendo… Es justamente en esa ciudad donde uno más aprende a amar, a amarse, a perdonar y a personarse, aprendemos también que estamos de paso y que no hay nadie imprescindible, ni nada tan importante que no pueda esperar un rato mientras damos un abrazo, una caricia o terminamos una conversación. 


Calcuta es, para mí, una escuela de amor y de la vida. Calcuta es un lugar donde Dios está en cada voluntario, en cada persona de la calle, en cada enfermo y en cada hermana… Calcuta te enseña a mirar a los ojos y a buscar quien hay detrás de cada mirada. Calcuta es la cuidad de la alegría y de los milagros. 

Y como decía la Madre Teresa, Calcuta está en la casa de cada uno. No tengo mayor deseo que encontrar Calcuta en mis amigos, en mi familia, en mi trabajo, en mi relación conmigo misma… 


Y solamente me quedan 4 días para llegar a España y volver a intentar ser quien soy, y hacer aquello para lo que he sido soñada. 4 días para ser en España igual de libre y feliz que en Calcuta. 


Los milagros de Calcuta 

En Calcuta suceden incontables milagros cada día… 

Hay personas que se salvan de morir solas por las calles, millones de personas encuentran algo que llevarse a la boca, personas que no tienen nada, encuentran motivos para sonreírte cuando pasas por su lado, los niños (incluso aquellos que no tienen infancia) siguen jugando y pasándolo bien como solo los niños saben hacerlo… 


Calcuta es la ciudad de los Milagros. Una ciudad caótica, ruidosa, solitaria, sucia, maloliente… Y sin embargo es la ciudad de la alegría. 

Quizá tiene ese nombre porque de aquí, si se tiene la valentía de bucear en la realidad de esta ciudad y de su gente, uno siempre se va con una felicidad inexplicable. Una felicidad que viene de fuera y que nace en lo más profundo del corazón… Una felicidad que no tiene correspondencia en nuestro vocabulario, pero que todo el que pasa por aquí conoce bien. 

La cuidad encantada 

Estoy disfrutando como una enana, tanto que me limito a vivirlo, sin pensar mucho en registrarlo o compartirlo. 

Estos días han sido increíbles. El español, pese a ser un idioma muy rico, se queda corto, ya que no logro encontrar una palabra que defina con exactitud mi estado. “Felicidad” no abarca lo suficiente. 

Por contar uno de los muchos momentos, hace dos días fue el encuentro mensual de voluntarios. Este encuentro, que organizan cada mes las Sisters para fomentar la convivencia entre voluntarios, suele constar de algún teatrito o representación (me tocó el papel de demonio) y luego un rato de compartir experiencias, y un rato de oración, adoración y alabanza antes de la cena. 


Fue un rato de oración tan bonito… Cantando, compartiendo… No hay palabras que hagan justicia a todo lo que puede sentirse aquí. 

Por otra parte, los voluntarios… Magnifico e imperfecto grupo de personas… En Calcuta uno tiene las conversaciones que serían necesarias en cualquier relación humana, aquí se comparte todo lo que se siente de corazón a corazón, no hay intermediarios, no hay máscaras, no hay estándares que cumplir ni listones que alcanzar. 

En Calcuta no hay edades ni religiones. Aquí haces Amigos (con mayúsculas) de 17 años y Amigos de 85 (literalmente). Amigos que tú no eliges, porque llegar aquí es una lotería, estar aquí es un regalo inesperado y muchos de nosotros no sabemos explicar cómo hemos llegado hasta aquí, y sin embargo aquí estamos cada uno con sus cruces y sus motivos. 


Conversaciones fugaces que duran horas y que se convierten en una de las experiencias más bonitas de amistad que uno puede experimentar. Desconocidos que abren el corazón y se dan todo lo que tienen, todo lo que son y sienten. Desconocidos que te escuchan y se convierten en amigos que dejan huella en el alma aunque sean pasajeros. 


Personas que hace 13 días no había visto en mi vida, y que ahora no concibo mi vida sin que ellos hayan pasado por ella. Porque todos suman, porque una conversación que parece fortuita, se convierte en un regalo difícil de explicar. 


En esta ciudad donde se pierde la nació del tiempo, curiosamente cada segundo es importante, porque nunca sabes cuándo va a volver a sorprenderte.

Conoces y te conoces de un modo más puro y sincero. Y aunque esto no es el “mundo real” para nosotros, sin duda es algo que merece la pena intentar en nuestros entornos.

Esto y muchas otras cosas que no se poner con palabras, y que de intentarlo me quedaría corta y no haría justicia, es Calcuta. 

Calcuta 💙

Hoy ha sido uno de esos días en los que uno vive cosas que le exceden; en los que nos hacemos conscientes de estar recibiendo unos regalos que no hemos hecho nada para merecer, y nos pillan desprevenidos, dejándonos desarmados, con una gran sonrisa y el corazón agradecido. 

Algunos voluntarios hemos podido ir esta tarde a un simposio sobre madre Teresa en una de las universidades de Calcuta. Uno de los ponentes era Jim, un voluntario que hace unos 30 años que viene, si no me equivoco es el voluntario más veterano de Mother House. 
En su ponencia, Jim ha explicado una experiencia que creo que todos los voluntarios hemos vivido: cuando nuestros conocidos y amigos nos dicen cosas tipo “te admiro”, “yo no podría”, “claro, tú eres muy fuerte”. Realmente cuando nos decís eso… Creedme, os estáis equivocando, y Jim lo ha explicado muy bien. Los voluntarios no somos personas especiales, maravillosas o más santas, somos solo voluntarios frágiles y con nuestra propia pobreza. 

A nuestra manera, somos los desnudos, los pobres, venimos con heridas abiertas, somos lo que somos y aquí no podemos esconderlo; aquí en Calcuta se cumple lo que decía San Francisco, “soy tan sólo lo que soy ante Dios”. 

Rotos, pobres de espíritu, necesitados de ayuda. Muchos de nosotros venimos aquí más a ser ayudados que a ayudar. Es cierto, ponemos las manos a servir, pero no venimos a salvar Calcuta, y si volvemos no es porque aquí seamos indispensables, sino porque Calcuta nos salva a nosotros. 

La juventud del Papa 💙


Hace poco más de 24h que volví de Polonia, donde con otros más de 2 millones de jóvenes, celebrábamos la JMJ (Jornada Mundial de la Juventud), un encuentro de jóvenes católicos cuyo eje central este año era la misericordia. 


Han sido prácticamente 10 días de diversión, celebración, risa, oración, comunidad… El testimonio de Cristo vivo en medio de nosotros en pleno siglo XXI. 

Hemos visitado lugares históricos como Auschwitz o Birkenau, el pueblo natal de San Juan Pablo II, o el santuario de la Virgen negra de Częstochowa, etc. 


Los últimos días pudimos vivir el punto central de esta peregrinación, las actividades con el Papa Francisco, el encuentro con Pedro. 


De este viaje me traigo la confirmación, una vez más, de que el mensaje de Cristo es tan cierto y está tan vivo hoy como lo estaba hace 2000 años. 

El corazón de cada uno de nosotros sigue anhelando lo mismo y el único capaz de dar respuesta a ese deseo es Cristo. Solamente en una relación cercana, viva y confiada con Jesús, se puede vivir cada día como hemos vivido esta semana. 

Cabía esperar, por todo lo sucedido este último tiempo con el terrorismo y el miedo generalizado, que esta JMJ fuera discreta o quizá menos multitudinaria que las anteriores… Sin embargo Dios siempre es generoso y espléndido, y animó a casi 3 millones de jóvenes a hacer carne el envío del Papa San Juan Pablo II a “no tener miedo”, y así fue como disfrutamos de una de las JMJ más numerosas que he vivido. 

Si explicase todo lo vivido, lo sentido… Todas las anécdotas… ¡No terminaría nunca! Así que elijo dos momentos que, para mí, han sido de los más especiales de la peregrinación. 

El primero, cuando en la vigilia en el Campus Misericordiae, el Papa nos pidió a todos los jóvenes que cogidos de las manos y en silencio, rezásemos por la paz. Tal cantidad de jóvenes en absoluto silencio era conmovedor, y el hecho de que ese silencio sólo se rompiera por el sonido de helicópteros y sirenas de policía o ambulancia… Estremecedor.


Y el segundo momento, los testimonios compartidos… Es un regalo enorme ver cómo Dios trabaja en el corazón y en la vida de las personas con las que compartimos camino, sea poco o mucho… 


 Solo me queda dar muchísimas gracias por lo vivido, a todos los que lo han vivido conmigo y en especial a Dios por regalarnos la alegría de vivir con, por y para Él.