¡4 de septiembre!

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Lo que no se veía, los pies de Madre Teresa, sobre los que caminaba horas por Calcuta buscando a los más pobres de entre los pobres

No todo serán malas noticias. Ayer nos despertábamos con la confirmación de que el día 4 de septiembre, en el Vaticano, se celebrará la canonización de varios santos, entre ellos la Madre Teresa de Calcuta.

Según la definición de la RAE, “santo” es “perfecto y libre de toda culpa”. Según Wikipedia (es gracioso, pero nombran a Madre Teresa):

Los santos son hombres o mujeres destacados en las diversas tradiciones religiosas por sus atribuidas relaciones especiales con las divinidades o por una particular elevación ética; este segundo sentido se preserva en tradiciones espirituales no necesariamente teístas.

La influencia de un santo supera el ámbito de su religión cuando la aceptación de su moralidad adquiere componentes universales: por ejemplo, es el caso de Teresa de Calcuta o Gandhi, y, en general, al menos hasta cierto punto, de todos los fundadores de las grandes religiones.

Según los entiende mi sentimental y limitado conocimiento sobre la parte más teórica y teológica, los santos son personas que han vivido del Amor, y han vivido por amor. Han entregado su vida por los demás de un modo u otro, han sabido renunciar a todo lo que les anclaba al egoísmo y a sus propias necesidades, poniendo por delante el poder hacer la realidad un poco más bella.

Y por eso Madre Teresa es santa, porque vivió sirviendo a los más pobres de entre los pobres; porque se olvidó de sí misma, incluso llegando a veces a la extenuación y a olvidar sus dolores; porque siempre supo ver lo bueno de las personas, vivir sin juzgarlas y haciendo que todos pudieran sentirse amados, dignos de ser perdonados pese a cualesquiera que fueran sus circunstancias; porque pasó un desierto en su fe, pero nunca dejó de amar y de trabajar por quienes necesitaban el amor de Dios que ella no sentía pero sabía que existía, y consiguió que muchas personas pudieran conocer ese amor.

Desde pequeña, aun cuando no era “creyente” en el modo católico de entender la palabra, siempre he sabido quien era Madre Teresa.
Recuerdo como mi padre siempre me decía “algún día iremos a Calcuta a ayudarla”, porque uno de los libros preferidos de mi padre era “la ciudad de la alegría”.
Siempre había tenido el deseo de ir a Calcuta, y cuando finalmente fui, esa pequeña gran mujer, cuya presencia ha dado nombre a esa ciudad…, me cautivó, me hizo enamorarme de un sufrimiento y una miseria que no había conocido ni cabía en mi imaginación.

Esto es lo que me ha pasado, la experiencia que puedo contar respecto a como entiendo a Madre Teresa.
Si dais un paseo en google o facebook (y más ahora, que con la canonización, salen testimonios de debajo de las piedras) encontraréis cientos de personas que han escrito cosas parecidas: personas ateas, personas creyentes, agnósticos, budistas, judíos, afines al new age, algún musulmán… de todas religiones.
Es una ayuda poder leer todos estos testimonios, y darse cuenta de que lo que uno vive es respaldado por la experiencia de tantos…

Hoy solamente quería compartir mi alegría por el anuncio de la canonización, mandar un abrazo enorme a todas las personas que sienten afinidad con Madre Teresa, y unirme con todo el corazón a la alegría que las MC de todo el mundo sienten por la canonización de su madre, de nuestra Madre Teresa.

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Dos colores, mil historias

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Uno de mis lugares favoritos en el mundo: la capillita donde está la tumba de Madre Teresa. Donde cristianos y no cristianos rezan con devoción o hablan de corazón a corazón con esa pequeña gran mujer 🙂

Ayer fui a los comedores de las Misioneras de la Caridad que hay en Barcelona. Fui con Anna y Susana (ya os vale chicas, no nos hicimos una foto… ahora os quedáis sin salir en el blog), y fue una mañana estupenda.

Ayer había muy pocos colaboradores en el comedor, cosa rara siendo domingo, y la verdad que estuvimos bastante ocupadas.

Un rato lo pasé en la cocina, con los “mayores” (media de edad, unos 60 años) y como una es de todo menos tímida, estuve hablando con ellos. Con quien más hablé es con un hombre que suele estar allí, normalmente lavando vasos, se llama Cefe, me habló de sus nietas, una tan solo de dos semanitas… (amor), y me decía lo mucho que le alegraba ver que la gente joven también quería servir a los demás.
También estuve un rato sirviendo pollo, con otro voluntario que se llama Santi, de unos 40 años. No hablamos mucho, presentarnos y bromear un poco sobre mi destreza sirviendo pollo o lo viejo que se sentía si no le tuteaba.
Otro rato pude estar lavando cucharas en la salida, hablando con la Hermana Portal, una Sister “galleguiña”, ya mayor, de voz aguda y mucho carácter. Me contó que descubrió su vocación muy joven, que casi no recuerda Galicia, pero que está agradecida por la vida que ha tenido, por todo lo que ha visto y todos los lugares en los que ha podido estar, como dijo ella “hasta en los confines de la tierra, allí donde hay más leones marinos que personas”.
También pasé un rato hablando con la Hermana Angélica, y con la Hermana Blanca, la superiora de Barcelona, a quien le llevé unas velas pintadas como el sari, para celebrar la próxima canonización de Madre Teresa.

Y con esto me fui a casa, pensando justamente en ese sari, el uniforme del ejército de ángeles que son las Sisters. El sari es el vestido típico de la mujer en India, los hay de todos los colores y de telas lujosas, seda, con pedreria, teñidos, con dibujos, pintados a mano, elaborados por los más delicados artesanos… y también, para las mujeres sin recursos, las más pobres, las que deben ser socialmente señaladas y apartadas. Para ellas, el sari es de algodón, es tosco y poco elaborado… justamente ese es el sari que eligió Madre Teresa. Un sari de “tela de saco”, sin adornos ni lujos, probablemente no es la tela más cómoda, y sin embargo se ha convertido en uno de los vestidos más reconocidos en el mundo entero.

Ayer, miraba a los colaboradores, miraba a los usuarios del comedor, pensaba en Calcuta, y no puedo evitar preguntarme de cuántas historias son testigo esos saris, cuántas vidas se articulan entorno a estas hermanas… cuántas personas, cuando vemos ese sari nos sentimos como en casa.

Volver… a encontrarnos

Anoche fui a cenar con Mar y Ana, dos de las chicas con las que viajé en 2013, mi primer viaje a Calcuta.

No era la primera vez que nos reencontrábamos después de Calcuta, evidentemente, pero diría que ayer fue la primera vez en que recordamos tantas cosas y anécdotas de lo que habíamos vivido allí durante ese mes.

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De izquierda a derecha, María (vestida de amarillo, ayer no pudo venir), servidora (de naranja y mirando a no se dónde), Mar (de azul y confirmando que claramente nos estaban haciendo la misma foto desde otro ángulo), y Ana (de granate, también sin enterarse de dónde estaba la cámara) 

De la noche de ayer me quedo con algunas cosillas, una de ellas es que une. Cuando fuimos en 2013, todas teníamos un nexo común, conocíamos a María, pero no nos conocíamos entre nosotras, y volvimos de allí siendo amigas.
Además, Calcuta hace olvidar “lo malo”, me explicaré, ayer mientras cenábamos, probablemente medio restaurante pensó que eramos 3 locas… llorábamos de risa recordando justamente las anécdotas “malas”, los enfados, las cosillas asquerosas que a veces pasan en Calcuta… y nos reíamos. Si eso mismo nos sucediera en Barcelona nos tendrían que ingresar con un ataque de nervios.

Otra cosa que pude ver anoche es lo mucho que echo de menos Calcuta, a los voluntarios, a las Sisters, las noches en el Spanish Café de Raj, el ruido, los colores, los olores…

Calcuta es, a la vez, causa y cura de una nostalgia que desborda en alma y el corazón. La gratitud que nace de haber pasado por allí y compartido la historia que se teje cada mañana, se contrapone con el vacío que queda cuando pones un pie en el avión de vuelta, y uno se queda como cuando incuba la gripe, en ese punto intermedio entre estar bien y estar mal.

Se que volveré a Calcuta, pero no se cuando, y como dijimos ayer… chicas, espero que algún día volvamos juntas 🙂

Señor, enséñame a vivir aquí

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A raíz de lo sucedido en Yemen hace unos días, las redes sociales se han llenado de Sisters, de testimonios de Calcuta, de fotos… Además yo sigo muchas páginas relacionadas con esto, y mi Facebook se ha convertido, literalmente, en una marea blanca y azul.

Eso es un arma de doble filo. Me encanta… me encanta que se me haga presente, sentirme acompañada por cientos de personas a las que no conozco pero que sienten lo mismo que yo, que hemos pisado las misas calles y abrazado la misma misericordia en Kalighat, en Prem Dan, en Mother House, en la tumba de Madre Teresa, de camino a Bose Road… pero también es doloroso, porque Calcuta tiene ese componente que te “atrapa”, que te deja huella, una de esas cicatrices que de vez en cuando, si sopla el viento, duelen.

Cuando uno vuelve de Calcuta, nunca vuelve entero, y una de las consecuencias son las lágrimas. No es que uno llore por Calcuta, sino que el recuerdo hace que caigan lágrimas. No es un llanto consciente ni controlable, solamente son lágrimas que el corazón usa para regar la nostalgia y evitar que se seque, evitar que se muera.

Si alguien que ha estado allí lee esto, y se ha sentido así a la vuelta, ha escrito alguna vez algo parecido, se ha sentido roto y ha entendido que Calcuta es el pegamento que mantiene unidas las piezas… solo puedo darle las gracias. Gracias por entenderme, por haber compartido esa ciudad tan especial, gracias por confirmar con esa lágrima errante que esto que siento es real.

Hoy me siento especialmente nostálgica, y me descubro sonriendo y secándome esas lágrimas a las que nadie ha llamado pero han venido.

Os dejo aquí un testimonio precioso que he leído esta tarde.

http://www.oleadajoven.org.ar/index.php/Articulos/12356/cada-voluntario-es-una-gota-en-el-oc-ano-de-la-humanidad

Y os dejo una foto que me arranca una sonrisa, el primer desayuno indio con mis imprudentes pollos… las quiero más… 🙂

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Cuestión de sensibilidades

Supongo que cada uno nos sentimos más afines a unas causas que a otras, por tanto nos duelen y nos conmueven más ciertos sufrimientos.

Supongo que a nadie le sorprenderá si digo que a mi me conmueve la persecución de los cristianos y el sufrimiento de los pobres. Esa es mi sensibilidad.

Hoy ha sucedido algo en Yemen que me ha dejado el corazón tambaleándose. Por ser sincera diré que no se donde está Yemen exactamente, pero la reacción del corazón no depende en absoluto de la familiaridad con el lugar donde suceden las cosas.

Hoy en Yemen un grupo de desalmados (creedme,  se me vienen a la cabeza infinitos modos de llamar a esos seres, pero intentaré acordarme de que estamos en el año de la Misericordia) ha entrado al convento que las Misioneras de la Caridad (mis Sisters…) tienen allí,  en el que cuidan a los despreciados, ancianos, enfermos y disminuidos. Una vez dentro han degollado a 4 hermanas y a varios enfermos. Creo haber leído que han muerto al menos 16 personas. 16 inocentes que, como apuntaba San Juan de la Cruz, no tenían más oficio, y ejercicio que amar. Los enfermos vivían del amor que las Hermanas les daban por ser ellos la imagen del Jesús sufriente del que todas las Misioneras de la Caridad viven enamoradas.

Frente a esto, a uno solo le sale preguntarse lo que Susana me ha preguntado cuando se lo he explicado: “pero… ¿porqué?”. Yo no tengo explicación, ni se si algún día llegaré a comprender el sufrimiento de los inocentes y los pobres, de los que viven amando y entregando. Solamente una idea me consuela, que Jesús decía la verdad y los que sufren en su nombre alcanzan paz y viven en amor. Sólo me queda aferrarme a que si estas personas han muerto amando, Dios es amor… porque han muerto por ser el rostro de Dios. Un rostro de amor y misericordia al que los perseguidores no pueden soportar tener delante, y por eso en tantos países (y lamentablemente cada vez en más) los misioneros, los cristianos y todos los que viven de cara a Dios son asesinados.

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Hoy rezamos por ellas, por ese ejército de ángeles que rosario en mano apatrullan los lugares donde el amor parece haber desaparecido, por ellas que entregan todo por aquellos que no tienen nada. Por los enfermos y por tantos que sufren en manos de aquellos que no soportan el Amor.