El mundo es un pañuelo

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¡El mundo es muy pequeño!

Hoy, dos meses después de dejar Calcuta (Sí, no dejo de darme cuenta de estas fechas…), estaba con unas amigas en una cena para financiar un proyecto de ayuda a los cristianos perseguidos (os animo a echarle un vistazo: http://www.guardianesdelafe.com), mientras íbamos entrando, nos sentábamos,  de repente entre risas nerviosas (esas risas propias de cuando ves a alguien querido que hace tiempo habías perdido la pista), oigo mi nombre y me giro… y allí estaban, dos voluntarias a las que conocí este verano en Calcuta, y cuyo nombre no recuerdo bien… pero a las que sin dudar me he abrazado emocionada… porque pese a lo que cuesta reconocernos vestidas de “cotidiano” y a que uno, a priori, aquí no tiene nada en común con esas personas… ¡BOOM! Calcuta.
Calcuta sucede así,  de repente, creando unos lazos que uno no entiende pero el corazón reconoce…
Y una de ellas, emocionada, me dice ¡que vaya casualidad! Justamente esa mañana un niño de 6 años, le había hablado de mí.
Y así, sin darnos cuenta, van pasando los días y las semanas, y llevo aquí dos meses, pero esa experiencia, ese viaje que una vez empiezas… nunca termina, va recordándote lo que has vivido. Yo se que nunca, haya una cuarta vez o no, voy a olvidar Calcuta, y que algo (a lo que yo llamo providencia), me acompaña cada día dejándome caricias como ésta… para que dos meses después no me olvide de que Calcuta me puede abrazar en cualquier sitio…

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Huele a casa. Gracias

El meeting point de cada mañana "¡Kalighat, Kalighat, Kalighaaaaaaaat!"
El meeting point de cada mañana “¡Kalighat, Kalighat, Kalighaaaaaaaat!”

Será que vuelve a ser jueves, será que al ponerme hoy el foulard… era uno sin estrenar y todavía huele a India (llevo toda la mañana hundiendo la nariz en el pañuelo, como si eso pudiera devolverme allí…), será que indefectiblemente pienso en Calcuta cada día…

Pero hoy, cuando iba en el coche camino del trabajo, iba pensando… las personas somos de rutinas, nos dan la estabilidad que necesitamos para pasar los días con calma.
Pensaba que, en realidad, no hay nada muy distinto entre levantarse para ir al voluntariado y levantarse para ir a trabajar; entre pasar la tarde en el Spanish o en el Galaxy hablando con los amigos, o hacerlo en el Fornet de María Cristina, o en la tetería de la calle diputación.

Sin embargo el corazón no reacciona de la misma manera. ¿Será que hay cosas que una vez vistas cambian la morfología del ojo, y uno ya no puede mirar de otro modo?
Un sacerdote italiano que se llamaba Luiggi Giussani, hablando de los encuentros que la Biblia nos dice que tuvo Jesús con distintas personas, dice de María Magdalena que después de cruzar su mirada con la de Jesús, “ella ya no se mirará igual, no se verá a sí misma, ni a los hombres, ni a la gente, su casa, Jerusalén, el mundo, la lluvia, el sol… ya no podrá mirar todas esas cosas más que dentro de la mirada de aquellos ojos.”
Y yo creo que esto es un poco lo que pasa con Calcuta. Hay encuentros y experiencias, que se graban en la retina  y no permiten mirar más que a través de lo que nos ha sucedido.

Y estoy agradecida.
Agradecida porque no puedo mirar por la calle sin buscar y desear esa experiencia, no puedo entablar una conversación sin buscar y desear la autenticidad en cada encuentro que se da en Calcuta, agradecida porque la vida me sabe a poco si no me rompo un poquito cada día para darme a los demás, agradecida porque mi corazón sigue echando de menos aquello que me hace ser más yo misma, y eso me confirma que estoy bien hecha.

En definitiva estoy agradecida porque al vestirme esta mañana, me ha llegado “olor a hogar” y pienso seguir hundiendo la nariz en la bufanda hasta que deje de oler a Calcuta para oler a mi.

Volver a casa

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Kolkata look: cara de sueño, moño y delantal modelo “Sister”, ¿Se puede ser más feliz?

Ayer fue un día maravilloso. Volví, en cierto modo, a sentirme como en Calcuta. Es verdad que faltaba la gente, faltaba el cansancio, el color, el olor, el ruido… pero se sentía parecido.

Esta semana me había escrito María para decirme que ya no podía más, que necesitaba volver a estar con las hermanas, y allá fuimos a por nuestra dosis…
Madrugar un sábado…pues oye mira,  no apetece, pero madrugar un sábado por amor… ¡Ai madre! Como decían en Moulin Rouge, por amor siempre se hacen grandes locuras. Pues sí, madrugar un sábado y pasarte la mañana sirviendo comida a los pobres de tu ciudad, lavando platos y rezando. Esa es la receta para estar tan guapas como nos veis en la foto…

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Madrugar en sábado sí, pero con estilo… faltaría más

Salimos de los comedores felices como perdices, después de haber llorado, reído, recordado… en fin, lo propio.

No teniendo bastante, por la tarde yo tenía turno de catequesis con los niños de la parroquia de las hermanas, y volví a pasar la tarde con ellas. Volví a casa 19 horas después de haber salido, pero hay días agotadores que esconden su grandeza en estar más feliz que cansado por lo que uno ha hecho, y esos días son los que mueven el mundo.

Cuando estar vivo no suena a “suficiente”

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Será que es jueves, y los jueves tiendo más que los otros días a la melancolía por Calcuta.
Será que además de ser jueves, empieza a hacer frío, los días son más cortos y oscuros…
Será que estoy cansada o que el corazón no puede seguir intentando convencerse de que está todo bien.

Será todo eso, o tal vez no sea nada, pero en esta tarde ociosa de jueves, me repatea estar sentada en esta cafetería…

Pienso en Kalighat, cae una lágrima. Pienso en que siendo la hora que es, saldríamos de la oración para que un “tuc tuc” nos llevase a Sudder, otra lágrima. Pienso en Harry, en el señor Smith, en el grandfather, otra lágrima. Pienso en la terracita del galaxy, me pregunto qué amigos estarían allí cuando llegasemos,  y en la conversación decidiendo si vamos al Spanish, al Fresh&juicy o a la terraza verde, si vamos al supermercado y traemos la cena para sacar la guitarra, otra lágrima. Pienso en la llegada de Jorge y Gabriel, en como el hombre del hotel les reñiría por “robar” wifi, en como más tarde perderían la guagua y su madre india (yo) les regañaría y esperaría su WhatsApp antes de irse a dormir, otra lágrima…

Y así, sin querer y casi sin darme cuenta, estoy llorando y no puedo evitar recordar los abrazos, los colores, las almas con las que uno se cruza en Calcuta.
Y me viene a la cabeza la respuesta que Jorge, otro voluntario, me da cuando le pregunto cómo está: vivo. Después de Calcuta, cuando has dejado que Calcuta entre en tu corazón, ya no puedes decir que estás bien, porque si no estás allí te falta algo, así que constatando una evidencia tienes que limitarte a decir que estás vivo. Pero es una respuesta insuficiente, que a mi no me convence lo más mínimo, no tengo claro poder soportar mi vida entera estando simplemente viva…

La felicidad de lo sencillo

Desayuno de un día de fiesta en Motherhouse, Calcuta
Desayuno de un día de fiesta en Motherhouse, Calcuta

Una de las cosas que más me gusta de todas las que uno vive en Calcuta (y posiblemente una de las que más ayuda al regreso), es que uno aprende a valorar las pequeñas cosas.

La vida como voluntario (cuando uno se ciñe a la experiencia), es muy sencilla: te levantas temprano, te duchas como puedes (a veces con cubos de agua, a veces… ¡sorpresa! no hay agua), si quieres vas a Misa, y luego… desayuno todos los voluntarios juntos… un desayuno muy adaptado a las circunstancias de la ciudad, se desayuna cada día un plátano, pan de molde y chai (el té con leche típico de India).
Pero las hermanas… ¡ay las hermanas!. Son tan detallistas… que los días de fiesta (sea el cumpleaños de Madre Teresa, el día del voluntario, o alguna fiesta señalada de la Vírgen o de la Iglesia), dan un desayuno especial (como el de la foto).

Esos pequeños detalles se sienten como una caricia. Cuando llevas dos… tres semanas comiendo lo mismo cada mañana, de repente un día llegas y hay un pan especial, algo de mermelada… ¡CAFÉ!, y ese día estás que no cabes de gozo…
Cuando aquí, en nuestra vida cotidiana, nos parece casi insultante vivir sin cierto nivel de comodidades, nos resulta inconcebible no tener acceso a aquello que nos apetece, somos algo así como perros salvajes malhumorados si no hay café, si está frío o si en el bar de la esquina no tienen azúcar moreno…

Entre las dos experiencias, y las dos las he vivido, hay un desnivel espectacular… y sin embargo, si pongo en mi balanza de vivencias estas dos realidades:

a) Levantarme a una hora decente, ducharme con calma regulando la temperatura de la ducha, eligiendo el champú de entre los distintos tipos, me seco, me visto con ropa que huele a limpio, desayuno muy cómoda en mi sofá, unas buenas tostadas con aceite y jamón, un zumo recién hecho, un café con leche… con su espumita y calentito…

b) Levantarme a las 4 y media, ducharme a cubazos con el unico champú que he conseguido descifrar que es champú…, ¿secarme?… ¿cómo? ¡si hay 43 grados!, ponerme ropa lavada a mano cuya higiene es dudosa, caminar 25 minutos y desayunar pan y plátano sentada en el suelo rodeada de otros 200 voluntarios sudorosos

Si las pongo realmente en una balanza… me inclino por la B.

¿Qué tendrá el mundo sencillo, qué tendrá la vida humilde, que hace exultar el corazón de un modo que no entiende quién no lo vive? ¿Por qué las cosas sencillas dan una alegría y una plenitud que son difíciles de encontrar cuando tenemos absolutamente todo lo demás? ¿Por qué nos cuesta tanto valorar la magnitud de todo aquello que tenemos? ¿Por qué pese a todo lo que nos sobra y nos excede, seguimos sin ser agradecidos, seguimos quejándonos y sintiéndonos merecedores de algo más, de algo mejor? ¿Hasta donde llega nuestra ceguera, que no nos damos cuenta de que el deseo de nuestro corazón no lo cubren nuestros excesos y caprichos? ¿Por qué pese a saberlo… seguimos anhelando y acumulando cosas que no nos hacen mas felices y no buscamos vivir sencillamente con lo que realmente es necesario?

Por si os interesa saber quién soy y cómo he llegado hasta aquí.

Yo, en mi primer viaje a India, cuando hice una excursión a Sunderban, la reserva del tigre de Bengala
Yo, en mi primer viaje a India, cuando hice una excursión a Sunderban, la reserva del tigre de Bengala

Me llamo Sheila, tengo 27 años, soy psicóloga en un colegio. Tuve una infancia de lo más normal, siempre he sido una niña feliz y risueña. Nací en una familia agnóstica donde siempre se ha vivido de una manera ordenada y se nos ha educado en el respeto y el amor. Después de una etapa de búsqueda personal, en 2010 me bauticé y desde entonces vivo mi fe lo mejor que puedo. He conocido a mucha gente desde entonces, y por la propuesta de una de esas amigas, mi vida cambió radicalmente hace 3 veranos.

En verano de 2013, fui con 3 amigas a Calcuta. De entrada era un simple viaje para hacer voluntariado, una experiencia enriquecedora compartida con amigas… pero fue mucho más.

Calcuta es una ciudad que no puede describirse más que con un “ve y verás”, es caos, es color, es olor, es ruido… pero es más. Calcuta es amor, es amistad, es dolor, es sufrimiento, es alegría, es necesidad, es donación… Calcuta es el Cielo.

Cuando un día, en febrero de 2013 una amiga me dijo “quiero ir a Calcuta a ayudar a las monjas de la Madre Teresa”, mi respuesta automática fue “me voy contigo”. Como buena pseudohippie de clase media, siempre había soñado con ir a la India, y la ocasión, como suele decirse, la pintaban calva. Ni me lo pensé, el día 14 de febrero compramos los vuelos para salir el 2 de agosto.
Ni que decir tiene, fue una experiencia bonita, enriquecedora, pero suficiente… volví a casa, 28 días después, sin entender a qué se referían los que había conocido allí y que no era su primer viaje con “Calcuta es una experiencia de digestión lenta”, y sin entender por que motivo había gente allí que estaba por décima vez en aquella ciudad… pero ai… no habían pasado 3 meses de mi regreso cuando me descubrí a mi misma ansiando revivir aquello, llorando por echar de menos las calles ruidosas de la ciudad del caos y sus gentes… y sin entender muy bien lo que me llevaba a ello, lo decidí, el verano de 2014 volvería a pasarlo en Calcuta, quizá me había quedado algo por experimentar y mi corazón deseaba ir a vivirlo.

El 30 de julio de 2014, con otras tres amigas, piso por segunda vez la ciudad que día a día se va convirtiendo en el lugar al que mi alma identifica como casa.
La segunda experiencia fue espectacular… con la confianza que te da el conocer de antemano lo que vas a encontrar, sin el factor sorpresa que te deja fuera de juego la primera vez que pisas India, disfruté como una enana, fueron 22 días de pura felicidad, no se puede explicar lo que sobrepasa la capacidad del corazón y de la razón…
Esta vez volví a casa llorando, no quería dejar Calcuta, no tan pronto. Pero sabía, y buscaba consuelo en esa idea…, que volvería el siguiente verano.

Intenté volver en Navidad, pero la realidad es más testaruda que yo, y no pude permitirme semejante desembolso… pero en verano… entonces sí.

En marzo de 2015 compré los vuelos, ¡35 días esta vez! Que equivocada estaba al pensar que 35 días si que serían suficientes para volver a casa tranquila… O al menos de un modo duradero.
Al volver, el 29 de agosto, si que tenía la sensación de haber cerrado una etapa, de haberme despedido de Calcuta. Pero no… a medida que han ido pasando los días, y las semanas… veo que el problema no es que Calcuta haya ganado un sitio en mi corazón, es que mi corazón se ha quedado allí, y todos sabemos que sin corazón no se puede vivir, así que mucho me temo que habrá una cuarta…

Pero después de toda esta explicación… ¿este blog, para qué? Pues para compartir lo que vivo y lo que he vivido, para que mis amigos puedan descansar de oír hablar de Calcuta, que es mi tema desde hace 3 años… para que si tú te sientes igual, veas que no eres el único; para que si tú estás preparando tu viaje a Calcuta sepas lo que te espera… y para que la experiencia maravillosa que ha cambiado mi vida, no sea solo mía…

Sheila